Corazón más que agradecido

Era de madrugada y mientras todos en casa dormían, yo me dedicaba a repasar en mi mente cada evento que nos trajo hasta ese momento: domingo, Día de las Madres. Mi primera celebración como MADRE. Cerré los ojos y visualizé nuestro encuentro de amor. Suspiré: “Gracias mi amado Señor” y me remonté a ese lunes inesperado cuando tomé a mis hijas en los brazos por primera vez. Aquello que se gestó en oración por el espacio de 10 años, Dios lo estaba honrando. La súplica que se elevó por una o uno, al Padre Celestial le plujo duplicarlo en unas hermosas niñas que tan pronto fueron puestas en nuestro brazos se quedaron dormidas escuchando los latidos de dos corazones agradecidos y llenos de amor.

Pensaba aún en los rostros de quienes nos acompañaron en todos los procesos de vida que nos condujeron a nuestras hijas. Rostros angelicales y fieles que lloraron en momentos difíciles, que se frustraron en momentos de incertidumbre y silencio, pero que también lloraron al sentirse bendecidos de ver la obra de Dios completada. Esos rostros tienen la marca de la fe en sus corazones y destilan fragancia de amor incondicional. La presencia de ellos en nuestras vidas son el complemento perfecto y la mayor seguridad de que el amor de Dios nos arropa a través de sus abrazos, consejos y compañía. No los tengo que nombrar, ellos saben quienes son.

Al rato de haber conciliado el sueño, tuve que volver a abrir los ojos: un galán de novelas, un rabito emocionado y dos hermosuras se acercaban a mí con las sonrisas más bellas en el universo dándome los buenos días y las primeras felicitaciones por mi día. ¡Qué visión del cielo! Eran mi esposo, mis hijas y mi adorada Lady. Mis chiquitas venían caminando: una cargaba su juguete y la otra una postal para mí. Me la “entregó” mostrando sus únicas mechas blancas y se fue otra vez. ¡Cuánto han crecido en tan poco tiempo!

Ese domingo celebré la presencia de mis pequeños milagros en mi hogar. Era lo apropiado, era lo necesario, era lo anhelado. Verlas crecer ha sido la mayor bendición brindada. Escucharlas decir mamá es irreal. Tanto tiempo esperando para escuchar a una personita decirme esa dulce palabra, y ahora son dos las que la pronuncian. Estrecharles los brazos para que se acurruquen al dormir es lo mejor que existe. Las dos caben en mi pecho a la vez. Asi de perfecto es Dios, nos hizo a la medida.

Aún no llevo un año como madre y siento que siempre han estado en casa. Acostumbrarme a ellas tomó un día, vivir sin ellas será imposible. Nuestra vida ha dado un cambio radical, hay nuevas risas, nuevas esperanzas y nuevos desafios que se enfrentan a diario. La amargura del pasado ha quedado atrás y sólo se recuerda para testificar que Dios es un Dios de milagros. Mis hijas no fueron gestadas en mi vientre, pero sí en la oracion y en el clamor de rodillas. La llama de nuestro amor fue encendida en cada cita médica, en cada obstáculo vencido, en cada puerta abierta y también en aquella que se cerraba, en cada lágrima derramada y en la fe certera de que Aquel que había prometido sería fiel en cumplir con Su palabra.

Ese domingo, mi primer Día de Madres, mi corazón más que agradecido elevó un nuevo cántico de alabanza. Cántico que aún ante su presencia continuará: “Dios, tú eres más que bueno y bondadoso. Mi vida entera te pertenece porque me has amado y porque en ti tengo vida nueva. Mis hijas llevan la marca de tu benevolencia y tu amor las unió de manera perfecta a mi amor. Soy madre por tu gracia. Ya no lamento el pasado porque Tú lo haces todo nuevo. Viviré para contar que esta pobre mujer clamó desde lo más profundo de su ser y Tú la escuchaste. Cambiaste sus vestidos de tristeza por ajuares de alegría incomparable. ¡Te amo Señor! Amén”.

Amén.

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Manteniendo la cordura en tiempos de espera

Durante muchos eneros mi esposo y yo tratábamos de planificar cómo manejaríamos la ausencia de tener hijos y qué cosas podríamos realizar para despejarnos un poco la mente y alimentar nuestra vida como matrimonio. Para una pareja estéril, cada cambio de año marca la esperanza para un nuevo comienzo. Edgar y yo experimentamos que pueden haber muchos libros que hablen sobre la esterilidad y cómo manejarla, pero no es lo mismo escucharlo de personas que hayan pasado por situaciones similares a las tuyas y hayan puesto en práctica el “fabuloso” ejercicio de cómo mantener la compostura, cordura y sanidad mental/espiritual ante un escenario tan desafiante como lo es la infertilidad.

Así es que, Edgar y yo deseamos compartir aquello que pusimos en práctica durante estos pasados 10 años. Unas las leímos y algunas fueron recomendadas por nuestra psicóloga. Otras, las aprendimos con los desaciertos de la vida y con ello deseamos ser de aliento para toda pareja que se encuentra en proceso de espera, ya sea para continuar tratamientos médicos o en la espera de que esa hermosa llamada telefónica llegue anunciando que han de conocer su milagro de amor:

1) Mantener el amor encendido. Puede sonar muy simplista, pero una pareja pasando por esterilidad pierde con facilidad la llama del amor. Todo se convierte en citas médicas, rutinas y hay una enorme invasión a la privacidad y a la intimidad. Se deben buscar los espacios para reconectar el amor y recordar aquello que les llevó a unir sus vidas: desear estar el uno con el otro hasta que la muerte les separe. Así es que, si entendemos que calendarizar las citas médicas y/o con las agencias de adopción es importante, con mayor prioridad debemos sacar espacios a solas con nuestras parejas.

2) PAUSAS. Si algo Edgar y yo tuvimos que hacer fueron muchas pausas. Los tratamientos son drenantes y consumen tu mente, cuerpo y hasta tu psiquis. Aún los procesos mismos de la adopción son agotadores y ni mencionar lo que puede provocar el espacio de la espera. Es necesario que respiren. De lo contrario la obsesión tomará control de ustedes y el ampliar la familia dejará de ser un anhelo y se convertirá en una demanda.

3) Compartan lo necesario. Es importante rodearse de personas que sean fuente de apoyo. Pero si algo Edgar y yo aprendimos en el camino es que no todos entienden y pocos se comprometen a entender. Sin duda alguna, nuestras familias son sumamente necesarias para todos y en ocasiones sus formas de ver la vida toman influencia sobre nuestras decisiones. No obstante, es poco saludable tener que justificar nuestras decisiones de reproducción ante los demás. Las decisiones más importantes se tienen que tomar con nuestras parejas, porque ellos vivirán y compartirán nuestros aciertos y desaciertos. Con esto les quiero decir que el proceso de adopción y de tratamiento de fertilidad provoca suficientes tensiones, ansiedades y sensibilidades como para agregar factores externos como lo pueden ser comentarios de conocidos/familiares “bien intencionados”, pero cuyas palabras carecieron de tacto o empatía. iY cuánta falta hacen esos dos elementos! Mantengan a los necesarios cerquita de ustedes y permitan que el resto se vaya enterando a medida que las situaciones progresen de forma positiva.

4) DIALOGUEN. También suena “cursi”, pero la realidad es que para mantener la sanidad emocional/mental/espiritual debemos mantener a nuestra pareja al tanto de cómo nos sentimos y tomar decisiones en consenso. La esterilidad afecta a la pareja completa, no solo a la parte directamente afectada. Eso toma tiempo en aceptar y entender. Dialogar sobre aquello que se espera y aún sobre aquello que duele, es sanador para la pareja. A mí me costó mucho hablar de mis sentimientos con mi esposo. Levanté una barrera protectora. Pensaba que si no lo hablaba no me dolería tanto. ¡Que equivocación más grande! En nuestro caso, cuando ambos nos sentamos y derramamos nuestras penas, dudas, frustraciones, deseos y anhelos pudimos trazar metas en común y caminar juntos.

5) Busquen ayuda profesional. Las parejas que enfrentamos infertilidad necesitamos los foros adecuados para canalizar nuestras emociones. Ese foro puede ser con tu ministro, consejero(a) o un psicólogo(a). Buscar ayuda profesional no quiere decir que hay algo mal en nuestra mente o que hayamos perdido nuestra fe en Dios. Simplemente implica que hay un reconocimiento de que necesitamos nuevas herramientas emocionales/espirituales para enfrentar los retos presentes. Edgar y yo lo hicimos, nuestros pastores y nuestra psicóloga fueron una gran fuente de apoyo para nosotros. La espera desespera y lo menos que deseamos es perder la comunicación con nuestra pareja en la mitad del camino. Edgar y yo deseábamos tener una familia saludable, no perfecta.

6) LLOREN. El tiempo nos enseñó que las lágrimas no son sinónimo de derrota. Tampoco significan que haya ausencia de carácter. Nosotros nos dimos la oportunidad de derramar lágrimas cuando las noticias en el doctor no eran las adecuadas, cuando las pruebas de embarazo caseras y de sangre decían que no, cuando por la endometriosis tuvieron que remover mis trompas de Falopio, cuando tomamos la decisión de hacer el tratamiento in-vitro, cuando el banco nos aprobó el préstamo para hacer el in-vitro, cuando en las citas del tratamiento nos decían que todo marchaba bien, cuando perdimos el in-vitro, cuando tomamos la decisión de ampliar la familia por medio de la adopción, cuando nos llamaron para dejarnos saber que el estudio social había sido favorable y definitivamente lloramos cuando pusieron a nuestras hijas en nuestros brazos. El llorar juntos nos unió y nos fortaleció.

De seguro, podría escribirles otro tipo de recomendaciones, pero la realidad es que estas seis fueron vitales para nosotros. Y aún lo continúan siendo. Demás está decirles que en nosotros siempre tienen una mano amiga que por sobre todas estas palabras les recomienda que perezca todo menos la fe. Dios siempre está presente y se interesa por nuestros proyectos de vida.

iFeliz nuevo comienzo!

“Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado”. Isaías 26: 3

“Hija eres, madre serás”

Desde que las chicas somos pequeñas en edad, solemos escuchar a nuestras madres decirnos: “Hija eres, madre serás”. Mi mamá me lo decía cada vez que cometía una travesura con mi hermana menor. Niña al fin, yo no tenía la más mínima idea de lo que ese refrán quería decir. De adolescente pensé que esas palabras se referían a que todas las travesuras que yo hice de pequeña con mi hermana las pagaría cuando tuviera mis propios hijos porque ellos me harían las mismas y hasta peores. Se podrán imaginar el pánico que eso me causó…mi hermana menor y yo fuimos muy “creativas”.

Desde mi temprana adultez he podido experimentar dos dimensiones diferentes de este refrán. Primero, validez. Segundo, anhelo. Verán, las decisiones más difíciles que tomó mi mamá cuando yo apenas era una joven de 17 años, las puedo comprender ahora y más que comprenderlas, las puedo respetar y validar. La maternidad es una hermosa bendición que conlleva sacrificios y en múltiples ocasiones anteponer las necesidades de los tuyos a las propias. Las normas, los valores, las caricias, el amor inagotable, la visión del futuro, la calidad del tiempo familiar, las reprensiones, el énfasis en la excelencia…todo cobra sentido cuando lo miras desde el ojo de la madre que desea lo mejor para sus hijos. Lo curioso es que yo validé la dimensión de la madre desde la óptica de la hija, porque madre se me era imposible ser.

Desde mis 21 años, comencé a experimentar una segunda dimensión del dicho popular: anhelo. Tuve un deseo ardiente porque el refrán que me decía tanto mi madre fuese una realidad en mi vida y en la de mi esposo. La endometriosis llegó a hacer morada en mi sistema reproductor y aún 10 años después, sigue estando aquí. “Hija eres, madre serás”, ¡cuánto deseaba que alguien me llamara mamá! Lastimosamente, esta condición me alejaba cada mes y cada año de la petición más grade que teníamos presentada ante Dios: ser padres.

Luego de años de pruebas, operaciones, visitas a los especialistas y tratamientos infructíferos mi cuerpo y mi mente no podían más. Ya la herida había sangrado demasiado, subsistía con los fragmentos de quien una vez fui, la falta de comunicación laceró mi matrimonio y mi autoestima no existía porque yo misma la había reducido por no tener la capacidad de darnos a mi esposo y a mí los hijos que tanto deseábamos.

¿Por qué no puedo ser madre? ¿No se supone que esto sea algo “natural” dentro de un matrimonio? ¿Cómo se puede amar tanto a quien nunca has visto? ¿Cómo controlar los deseos de abrazar a alguien que no sabes si llegará a estar en tus brazos? ¿Cómo se deja de amar tanto la vida de un hijo que eres incapaz de dar? Preguntas que en ese momento no me eran posibles contestar.

Lo gravoso de todo fue que por encima de mi crisis existencial, la endometriosis también atentó contra las bases de fe más profundas que tenía y en muchos espacios dominaron la soledad auto-infligida y prevalecieron las dudas: ¿Hasta qué punto puedo creer en la promesa de Dios de que mi esposo y yo seremos padres? ¿Estará Dios atento a mi clamor? ¿Por qué me siento tan olvidada? ¿Valdrá la pena seguir luchando por algo que tal vez no está para nosotros? ¿Por qué cada vez que me acerco a ti en clamor y siento que abres una puerta termino perdiendo? ¿Qué mueve tu corazón? ¿Dónde se alinean la fe y tu divina voluntad? ¿Cómo mantengo la compostura frente a una iglesia que ve mi vida como modelo a seguir? ¿Con qué valor le predico a una iglesia sobre Tu fidelidad a lo que has prometido cuando aún el milagro no ha llegado a mi hogar? Si yo no tengo la capacidad de dar vida, ¿estará tu Espíritu en mí? Ante un panorama como este… ¿puede haber luz al final del camino? ¿Pueden las circunstancias de la vida corromper la esencia del anhelo?

Aún en medio de toda esta confusión que les acabo de redactar, prevaleció la pasión ardiente de que quien busca halla, quien se mantiene, aunque sea cojeando, prevalece. Mi esposo y yo prevalecimos porque Dios tenía una plan perfecto para nosotros, más excelente del que nosotros pudimos haber contemplado. Había una llama que Él mismo había encendido en mí: “…madre serás”.

Así es que mi esposo y yo tomamos unas vacaciones forzadas y nos detuvimos a pensar sobre el porvenir y en un diálogo decisivo mi esposo me preguntó: “¿Qué tú deseas realmente? ¿Dar a luz o ser mamá? Yo me he preguntado lo mismo en muchas ocasiones durante todos estos años y he llegado a la conclusión de que quiero ser padre. No importa la forma, quiero ser papá”. A través de la firme convicción de Edgar, Dios me puso a reflexionar. ¿Cuál era mi anhelo? Al igual que mi esposo, yo quería ser mamá. La decisión siguiente fue la más sencilla que tomamos, pero fue aquella que trajo mayor unidad en mi casa, trajo paz, y por encima de eso trajo la esencia de lo que la endometriosis había quitado: amor renovado y una nueva ilusión. Ampliaríamos nuestra familia a través de la adopción.

Luego de pasar sobre 7 meses realizando las gestiones necesarias, nos tocó una etapa que mi esposo y yo conocíamos a perfección: esperar. Esta espera fue diferente, fue una activa. Convocamos a nuestra familia inmediata para que nos acompañara en oración. “Hija eres, madre serás”. Ese era el nuevo motor que nos movía. Como todo proceso, la espera desespera. Pasaron casi dos años y no habíamos escuchado respuesta alguna. El desánimo estaba empezando a tocar a la puerta.

Le pedía a Dios en secreto que me permitiera el privilegio de por lo menos convertirme en madre a mis 30 años. Edad a la que estaba reacia llegar. Si no que nos diera el hermoso regalo de recibir la tan esperada llamada para fechas significativas como el cumpleaños de Edgar, el Día de Madres, o el Día de Padres. Pasaron dos ciclos de estas fechas. Pasaron mis 30 y llegaron mis 31 años. ¡Uff! ¡Qué fuerte! El balde de agua fría había sido vertido sobre nosotros.

Justo cuando estábamos en plena reestructuración de nuestros proyectos de vida, el milagro llego a nuestro hogar. ¡Recibimos la llamada! Las lágrimas no dejaban de caer de nuestros rostros, y aun hoy no dejo de llorar de gratitud por la obra de Dios. Cuando pusieron a nuestras hijas en nuestros brazos las piezas del rompecabezas fueron cayendo en su lugar: los 10 años de espera, cada tratamiento, cada puerta que se cerró, cada lágrima, cada operación, cada dolor, cada búsqueda, cada plegaria…todo cobró sentido. El camino trazado nos llevó a nuestras hijas…éste siempre fue el diseño de Dios. A tiempo y perfecto. “Hija eres, madre serás”.

Hoy podemos mirar hacia atrás sin huellas de amargura…nuestro sueño era ser padres…ese era el milagro por el que orábamos. La fidelidad y el amor de Dios trajeron a nuestras hijas a casa. Él vio nuestro anhelo y lo armonizó con la necesidad de ellas de llegar a su hogar. ¡Gloria a Dios! Nuestras hijas ya han comenzado a conocer que son el mayor regalo de amor que hemos recibido y que viviremos para testificarlo donde quiera que vayamos.