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Diciembre

El mes de diciembre siempre ha sido uno controversial. Por un lado, tenemos una inmensa de cantidad de personas que lo utilizan para hacer un conteo regresivo abrazando la esperanza de un nuevo comienzo y nuevas metas por alcanzar. Por otro lado, también encontramos personas que conmemoran durante el mes de diciembre el aniversario de aquello que se ha perdido, aquello que ha sido difícil superar o hasta el recordatorio de que aún no ha llegado ese tan esperado anhelo que se lleva en el corazón. Yo he sabido estar en ambos lados.

Tan reciente como diciembre de 2010, mi esposo y yo conmemorábamos el cierre de otro año más sin poder ser padres. No hubo árbol navideño, muy pocas decoraciones, no nos sentamos a vislumbrar de qué manera interesante recibiríamos el nuevo año ya que la única expectativa para el 2011 era no llorar más…nuestro tiempo fue ocupado por el lamento de que por 10mo año consecutivo no teníamos aquello que ansiábamos demasiado. Olvidamos el verdadero significado del mes de diciembre.

Hoy quiero compartir ese significado contigo. Lo comparto no porque celebro que es nuestro primer diciembre con nuestro milagro, sino porque reconozco que aunque nuestras hijas no hubiesen llegado, diciembre ya no podía seguir siendo igual.

Diciembre es el mes en que renace la esperanza de que existe alguien que me ama más que mis padres y mi esposo. Es el espacio en el que el nacimiento de Emmanuel, “Dios con nosotros”, se hace presente en cada hogar que lo necesita. De él se tratan todos los diciembres. En que su nacimiento marcaría el comienzo de una nueva relación con Dios. No más temor, no más juicio, no más lágrimas cayendo en el vacío…su pesebre las recoge todas.

Mi esposo y yo olvidamos que este hermoso mes del año no era para quedarnos en el llanto de aquello que no teníamos, sino que debíamos mirar por encima de nuestra carencia y ver que diciembre se trataba de aquel que nos amó tanto que nació para morir por darnos una nueva vida. Una vida llena de su renovada e incansable compañía en medio de tiempos de crisis, una vida llena de frutos duraderos que dejan huellas permanentes, una vida llena de la esperanza de que Él llena todos nuestros vacíos y que sus riquezas en gloria no se miden por lo que Él nos da sino por quien Él es. Edgar y yo habíamos olvidado que sus pensamientos son de bienestar para quienes le amamos y que nuestra confianza debía descansar en Su fidelidad.

Por eso, amig@ que has tomado de tu tiempo para leer estas letras, te invito a que le demos un significado diferente a nuestro diciembre. No me refiero a que nos enajenemos de la realidad. Al contrario, nos exhorto (siempre me tengo que incluir) a que podamos encontrarnos con el niño en el pesebre en medio de nuestro dolor, de nuestro llanto, de nuestra necesidad, de nuestra soledad, de nuestra confusión, de nuestro coraje, de nuestras nuevas expectativas de para el 2012 y hasta en medio de nuestras celebraciones.

Celebremos la esperanza que nos ofrece nuestro Salvador y apoyémonos en el hombro de aquellos que tenemos a nuestro lado. La vida es para vivirla con valentía aunque por espacios tengamos que enfrentarnos a ella con las rodillas temblorosas y la voz quebrantada.

¡Bendiciones! ¡Feliz diciembre!

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